Las músicas que identifican a los pueblos, que son realizadas por los habitantes de diversas localidades, en este caso en su mayoría de los campos o zonas periféricas Colombianas y Argentinas y que son apropiadas por el resto de las comunidades, hoy son patrimonio intangible, inmaterial de toda la humanidad. Lo anterior no quiere decir que quien quiera puede, a manera de coloniaje, extraerlas de sus ámbitos de desarrollo y aprovecharlas para beneficios particulares, refiere en todo sentido al valor, rescate y desarrollo que tienen y se les debe procurar por el grado de importancia para las personas que las crearon y para quienes las recibieron, como también por su incalculable aporte como expresiones artísticas y culturales de los pueblos desde donde se originaron.
Las músicas tradicionales, opacadas por esos ritmos foráneos e industrialmente impuestos, fueron marginadas a un sector de la sociedad que las creaba y ponía en escena sin más difusión que en sus propios espacios y lugares de recreación, sin embargo ritmos como la cumbia colombiana, el bullerengue, la chirimía, los cantos o ritmos acompañados por gaitas, entre otros y el tango argentino, el chamamé o la chacarera siguen vigentes hoy apropiados e interpretados por jóvenes que los ejecutan y difunden por distintos lugares, bares, pueblos de Colombia o Argentina y que intentan en muchas ocasiones convertirse en parte de sus proyectos culturales y de vida. Es por esto que reconocer la importancia de las músicas tradicionales, su difusión y reconocimiento hace que se construya desde ahí elementos de relación e identificación social y que estás aporten a ese tipo de construcciones por insertarse como principales generadoras de sentidos y significados particulares de cada grupo social.
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